La Responsabilidad Social Corporativa (RSC) ha estado presente desde finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando las corporaciones multinacionales (MNC) introdujeron el término stakeholder, es decir, aquellos sobre los que las actividades de una organización tienen un impacto.

La RSC funciona como un integrado mecanismo auto-regulado y su objetivo es abarcar la responsabilidad de las acciones de la empresa y fomentar un impacto positivo a través de sus actividades sobre el medio ambiente, consumidores, empleados, comunidades, stakeholders y todos los demás miembros de la esfera pública, que también pueden ser considerados como partes interesadas.

Los críticos argumentan que la RSC distrae de la función económica de las empresas, mientras que otros sostienen que la RSE no es más que una fachada o un intento de los gobiernos de controlar las poderosas empresas multinacionales. Además, en el pensamiento neoclásico, en el estrecho punto de vista del capitalismo, se considera que las empresas contribuyen a la sociedad generando un lucro, que apoya el empleo, salarios, compras, inversiones e impuestos. Milton Friedman sostiene que la realización de un negocio ya es un beneficio social suficiente.

Dos décadas de incentivos sobre los consumidores para que compren cada vez más, la creciente competencia, la presión a corto plazo de los accionistas, han dado lugar a oleadas de reestructuración, reducciones de personal y al traslado de las empresas hacia las regiones de bajos costes que a su vez han resultado en la comoditización de éstas, la competencia de precios, poca innovación, un crecimiento orgánico lento y la pérdida de una ventaja competitiva definida. Las comunidades donde operan las empresas acaban por percibir poco beneficio, incluso a medida que los beneficios de éstas aumentan.

Un negocio necesita una comunidad exitosa, no sólo para crear demanda de sus productos, sino también para proporcionar bienes públicos esenciales y un infraestructura de apoyo. Una comunidad necesita negocios exitosos para proveer puestos de trabajo y oportunidades de creación de riqueza para sus ciudadanos.

La Creación de Valor Compartido (CVC), que se centra en la relación entre progreso económico y social, es inevitable y probablemente puede desencadenar la próxima ola de crecimiento global. Al igual que los gobiernos y las ONG, las empresas también deben centrarse en resolver problemas sociales. Esto requerirá de una colaboración intersectorial —sin ánimo de lucro, público y con ánimo de lucro— y la creación de nuevos modelos organizativos híbridos.

Hay tres principales estrategias para crear valor compartido: reconcebir productos, servicios y mercados, redefinir la productividad en la cadena de valor y permitir el desarrollo de clusters locales.

En un contexto de crisis, nuestro enfoque centrado en el ser humano es una respuesta predominante a la creación de valor. Por lo tanto, nos parece natural que pongamos nuestro proceso holístico y creativo al servicio de la CVC, ya que está fundamentalmente alineado con el propósito de Soulsight: ¡Hacer de nuestro mundo un sitio mejor!
Aún así, existe una importante falta de estructura, ya que las empresas todavía están atrapadas en el viejo modo de pensar, creyendo que los problemas sociales deben ser atendidos en la periferia de sus modelos de negocio y no en el centro. Sin embargo, el concepto de CVC ha atraído a un número creciente de empresas multinacionales, como General Electric, Google, IBM, Intel, Johnson & Johnson, Nestlé, Unilever y Wal-Mart, ya que presienten que puede llegar a ser la ventaja competitiva del futuro.

Este artículo fue publicado en la edición impresa de la revista Yorokobu, nº 31, y autorizada su publicación por nuestros amigos de Yorokobu www.yorokobu.es

Tiago Dias Miranda. Service Designer. Soulsight