Siempre que un empleado entra a una organización lo hace con miedo, es como el primer día de escuela. Todos llegamos muy bien arreglados, luciendo nuestras mejores galas y cargando en la maleta un sinfín de cosas que terminamos sin usar.

Pero lo que más miedo da del primer día de clase no es lo imponente que sea el edificio, ni lo estrictos que lucen los profesores, a quienes tememos en realidad es a nuestros compañeritos, sean novatos como nosotros o con algunos años de experiencia si van en grados superiores.

Y en las organizaciones la situación es similar, entramos y nos sentimos observados, vamos por las esquinas para no ser notados y por lo general terminamos encontrando a alguien que nos une al grupo y termina haciéndonos sentir parte del equipo.

Es en ese momento en el que realmente empezamos a hacer parte de algo, que nos identificamos con la cultura de la organización y enfocamos nuestro trabajo en dar y hacer lo mejor para ella.

Pero para que todo esta suceda, ese personaje que nos integra tuvo que haber pasado por la misma experiencia, y así quien lo vinculó a él, convirtiéndose en una cadena, en la prueba real de la cultura organizacional de una compañía.

Una compañía puede tener la mejor cultura del mundo, colgada de un bonito papel o impresa en la oficina de RRHH, pero son las personas las que le dan vida a esa cultura, las que la comparten, y la modifican, las que hacen que tu empresa sea un gran lugar para trabajar.

La imagen de esta nota es de uno de los mejores lugares para trabajar o eso creo.